PROYECTO INCENTIVADO POR LA CONSEJERÍA DE INNOVACIÓN, CIENCIA Y EMPRESA
Las enfermedades cerebrovasculares constituyen, en la actualidad, uno de los problemas de salud pública más importantes y, como tal, deben ser consideradas. Son la tercera causa de muerte en el mundo occidental y la primera causa de invalidez permanente entre las personas adultas. Su coste sociosanitario es muy elevado, lo que contrasta con la relativa escasa atención que habitualmente se les dispensa, no sólo desde los organismos oficiales implicados, sino también por una parte de los propios profesionales sanitarios; éstos siguen dando vigencia a conceptos caducos, que hacían del ictus una enfermedad difícilmente prevenible y una catástrofe intratable.

Son enfermedades del cerebro y de la médula espinal producidas por alteraciones agudas de la circulación cerebral. Por tanto, estamos ante procesos que aparecen con cierta rapidez, no hablamos de un capítulo de enfermedades vasculares crónicas. Hasta ahora se referían como Accidente Vascular Cerebral, o Accidente Vásculo-Cerebral pero se ha preferido evitar el término accidente pues no lo es, no es casual y no es inevitable, algo que puede ser sugerido por esta palabra. El término era, además excesivamente largo; se prefirió Ictus por su brevedad.
Denominamos Ictus a un trastorno brusco de la circulación cerebral, que altera la función de una determinada región del cerebro. Son trastornos que tienen en común su presentación brusca, que suelen afectar a personas mayores, y que frecuentemente son la consecuencia final de la confluencia de una serie de circunstancias personales, ambientales, sociales, etc. a las que se denominan factores de riesgo. Los términos accidente cerebrovascular, ataque cerebral o apoplejía son utilizados como sinónimos de Ictus.
Ocurre cuando el suministro de sangre a una parte del cerebro se interrumpe repentinamente por la presencia de un coágulo o cuando un vaso sanguíneo en el cerebro se rompe, derramando sangre en los espacios que rodean a las células cerebrales.
De la misma forma que se dice que una persona sufre una pérdida de flujo sanguínea al corazón, tiene un ataque cardíaco, puede decirse que una persona con una pérdida de flujo sanguíneo al cerebro o una hemorragia repentina en el cerebro tiene un ataque cerebral o sufre un ictus.